martes, 27 de febrero de 2007

EL TREN SIEMPRE ESPERA


Anibal se sentó con rabia ante el volante de su vehículo, un deportivo del año, color plata, se miró en el espejo retrovisor y aflojó el nudo de su corbata. Todo en los negocios iba muy bien, semana tras semana subía su cuenta bancaria y su nivel de vida cada vez era más alto. De repente, sintió un enorme malestar general y arrugando la cara se acordó de aquello que cada DIA le rondaba en su cabeza. De que le servia todo el dinero que estaba acumulando, si no era capaz de hacer lo que había querido toda la vida. El miedo se observaba en los ojos que miraban al espejo del automóvil. Sabia o por lo menos tenia el presentimiento que si lo hacia moriría irremediablemente. Una gota de frustración e impotencia salio lentamente de su cristalino derecho, Se quito con rabia la chaqueta del traje, la lanzó a la parte trasera, encendió el coche y sacando diminutas partículas de asfalto, arrancó a toda velocidad. No quería llegar a su casa, decidió dar un paseo por “La Ciudad de los Museos”, así se conocía la manzana que reunía los museos mas importantes de la región. Sin bajarse del vehículo, Anibal manejó lentamente frente a cada uno de los edificios, observó su bella arquitectura y repasó mentalmente cada una de las obras que había admirado en cada uno de ellos. El pensamiento volvió con violencia a su mente: “Olvídalo, si lo haces morirás”. De nuevo, sintió un desagradable estado corporal y se acordó de su padre. Cuando tenia doce años, recordaba que era un sábado por la mañana, su padre había tenido una fuerte discusión con su mamá. Anibal, que estaba en la habitación viendo la televisión, vio que se abría de golpe la puerta y que la figura de “papá”, envuelta en sombras y una rabia roja, le ordenó: “vístete que nos vamos de paseo”. Ese día visitó “La Ciudad de los Museos” por primera vez. Quedó maravillado por las pinturas que vio en el museo de arte contemporáneo, la gran cantidad de colores, las figuras sin formas o las formas sin figuras, en fin todos esos detalles plásticos que no entendía pero que le fascinaban indescriptiblemente. Esa tarde lo había decidido, pero la mala noticia que recibió le hizo olvidar la decisión hasta bien entrada la adultez. Papá y mamá acordaron divorciarse, al enterarse solo vio una gran variedad de colores haciendo reflejos entre los juegos de luz y sombras que producían las imágenes reflejadas en sus ojos llenos de lagrimas. Un fuerte cornetazo lo sacó de su estancia en el pasado, estaba atravesado a mitad de la calle, justo al frente del Museo de Arte Contemporáneo, cerrando el paso a los demás vehículos. Aceleró lentamente y en ese momento decidió que lo haría, aunque esto significara la muerte.En un pueblo de la montaña, el anciano no podía esconder la sonrisa de felicidad que delineaba su boca, volvió a leer el titular a ocho columnas en las paginas culturales del diario regional: “Anibal Andrade ganó primer premio de la Bienal Internacional de Pintura”. Muy lejos de allí, en la ciudad europea sede de la bienal, Anibal recibía la estatuilla que lo hacia acreedor del premio mas importante de las artes plásticas. En ese momento, recordó a un Anibal de traje y corbata, automóvil deportivo, abundante cuenta bancaria y enorme tristeza. Oyendo los aplausos de los asistentes, decidió que esa noche brindaría por la memoria del difunto.
Autor: H.G. CIBELE
Foto. Fuente: Cepolina
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