miércoles, 13 de diciembre de 2006

LA INMORTALIDAD LLEGA CON LA MUERTE



No se sabe en que momento lo hizo, lo que todo el mundo sabe es que pasó por este mundo haciendo infinidad de cosas que hicieron felices a cientos de personas. Nunca fue político, tampoco filántropo, ya que el dinero que tenia solo le daba para sobrevivir. No fue un personaje de la televisión, ni siquiera la veía mucho. No escribió ningún libro, ni sembró ningún árbol, es mas tampoco tuvo hijos. Se la paso casi toda su vida viviendo de la limosna, pidiendo en el centro de la ciudad, lidiando con la policía, los ladrones y los otros mendigos. En la calle se le conocía como “el choreao”, ya que bastaba con pedirle cualquier cosa de la que tenia para que este, sin pensarlo y sin preguntar para que la necesitaba, se la entregaba al solicitante con una amplia sonrisa. Mas de uno, se rió a carcajada, después de quitarle, pedido mediante, el dinero que había recolectado durante el día, o aquella famosa cadenita de oro que se encontró a la salida del cine en el centro comercial. “El choreao”, lo daba todo, tenía un total desprendimiento sobre las cosas materiales. Nadie sabia como hacia para sobrevivir, que comía, lo cierto es que estaba muy gordo y su rostro reflejaba una excelente salud. El día que paso a la inmortalidad, “el choreao” se le vio como siempre, bien temprano, parado en la misma esquina en la que había estado por mas de cuarenta años. Su boca marcaba una amplia sonrisa, llena de dientes moteados por la falta de cuidado. Saludaba a los paseantes, con gran efusividad y alegría. Los comerciantes vecinos, se extrañaron del enorme entusiasmo que mostraba ese día “el choreao”.

- Estará bebido, dijo el portugués de la panadería.

- No lo creo, contestó uno de los clientes, “el choreao” nunca ha bebido, es que no estamos seguro ni si come.

El mendigo, continuaba gesticulando y saludando sin dejar de sonreír, alguna que otra persona se paraba para meter unas monedas en el pote de latón que usaba para su labor diaria. Pero, de forma extraña, “el choreado” decía, sin dejar de mostrar sus diente “piel de dálmata”: “no gracias, ya no lo necesito” y viendo hacia el cielo concluía: “hoy, comienza mi vida por toda la eternidad”. Así, llego la noche y la calle se quedó sola. Todos, incluyendo a “el choreao” se habían ido. Al siguiente día el mendigo no apareció por su esquina, y pasaron uno, dos, tres, cuatro y muchos días más, “El choreado” nunca volvió. La personas diariamente se acordaban de él, de la maldades que le hacían los otros mendigos, de que todos se aprovechaban de su generosidad y le quitaban lo poco que tenia con solo pedírselo. Todavía, hoy por hoy, cincuenta años después de la desaparición del menesteroso, cuando alguien se quiere referir, dando alguna dirección o por otra razón, al lugar donde este se paraba a pedir, dicen: en la “Esquina del Choreao”. Su generosidad y su extraña desaparición lo ha mantenido en la memoria de las personas por todo este tiempo, inclusive ha logrado que se escriba sobre él.

Autor: H.G. CIBELE

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