jueves, 20 de diciembre de 2007

Cuento de Navidad. Bucay

La prosperidad está en el amor, debemos tener abundancia de este. No tenemos que guardar nuestros sentimientos como un secreto. Liberemos nuestro amor, descubramos a todos nuestro secreto, ese es el mejor regalo en nuestro camino de abundancia y prosperidad.
H. G. CIBELE
Este es el último domingo antes de la navidad. Y como la mayoría de nosotros, no puedo prescindir de ello. Cada año cuando empieza esta semana, no importa el lugar de la geografía a la que mi extraña vida me haya llevado, empiezo a percibir a la gente un poco diferente. Yo no sé si tiene que ver con el famoso "espíritu navideño", con la llegada de los primeros fríos en Europa o la presencia del calorcito de verano para otras latitudes, con la proximidad de las vacaciones o con nuestra tradición de hacernos regalos para estas fechas.
El caso es que más allá de lo que la tradición cristiana le impone a la fiesta, todos tenemos ganas de jugar a que somos niños nuevamente y pensar que Santa Claus o Papá Noel será capaz de sorprendernos el 24 dejando un regalo para cada uno, junto al arbolito de navidad.
Usted ya sabe cuánto me preocupa la pérdida que significa para nuestra sociedad el olvido de algunas de nuestras más encantadoras tradiciones. Hablo especialmente de mi querida Argentina, pero también de todas las comunidades urbanas de las grandes ciudades del mundo, donde el único espíritu de la navidad está presente en los comercios y su finalidad es la de empujar el consumo. Yo que soy un poco exagerado en mi juicio cuando se daña lo que siento que es mío, defino esta situación como el robo alevoso de la capacidad de disfrute del pueblo como aldea. Y lo peor es que no puedo culpar verdaderamente a nadie que no sea a nosotros mismos. Quiero decir que si hay verdaderamente una pérdida (y no dudo que la haya) es el resultado de algunas renuncias que fueron consecuencia de algunas decisiones tomadas desde adentro casi sin darnos cuenta. Si hay un robo, fue perpetrado con nuestra absoluta complicidad.
Es por eso que me sumo a todos aquellos que hoy nos invitan a meternos en la navidad, a generar un cambio, a regalarnos esta semana una vivencia diferente, la de la magia de las fiestas. Y como usted sabe una de las puertas que más me gusta recomendar para entrar en el mundo de la magia. Es la puerta de los cuentos. Comparto con usted una historia de navidad que circula por el mundo hace decenas de años y va así...
En una casa más o menos humilde de un país cualquiera vivía una familia compuesta por el matrimonio y sus dos hijos.
Juan el hijo mayor de 24 años, casi abogado y Priscila, la pequeña de apenas 4 añitos.
Al acercarse la navidad el padre había comprado un rollo de cinco metros de papel metalizado para poder envolver los regalos antes de ponerlos en el modesto arbolito, armado desde principios de diciembre en la entrada de la casa. El 23 en la noche, el hombre se decidió a empaquetar los regalos, más simbólicos que valiosos, para nochebuena. Qué desagradable sorpresa fue encontrar en el estante del ropero, el tubo de cartón donde venía enrollado el papel metalizado, desnudo de los cinco metros del costosísimo papel de envoltura.
El dinero era bastante escaso en la familia y posiblemente por eso, a pesar de lo avanzado de la hora el señor explotó de furia y mandó a llamar a su familia para ver quién había utilizado el papel que él compro para los regalos. La pequeña Priscila apareció con la cabeza gacha para decirle a su padre que ella lo había usado.
-¿Pero no te das cuenta que ese papel es muy caro y que tu papa tuvo que trabajar varios días para comprarlo. Podrías decirme para qué tontería usaste el papel metalizado? La niña salió corriendo y regresó con un paquete del tamaño de una caja de zapatos, envuelta con varias capas del costoso papel, ahora arrugado e inutilizable.
-¿No te dijo tu madre que no debes tocar las cosas de los mayores para tus juegos?. Como se te ocurre envolver esa caja con cinco metros de papel dorado??
- -Es un regalo de navidad, papá- dijo Priscila- para el arbolito.
-¿Y se puede saber para quien es este regalo tan valioso como para usar todo el rollo de papel en envolverlo?.
- ¿Y para quien va a ser?, para vos, papá.
El hombre se enterneció y abrazándola le pidió disculpas por los gritos. Como nos sucede a todos, con el regalo en las manos quiso saber qué contenía y le pidió a la pequeña permiso para abrirlo. Poco después el hombre volvía a explotar:
-Cuando das un regalo a alguien se supone que debe haber algo adentro. ¿Usaste ese papel para envolver una caja vacía?
A la pequeña se le llenaron de lágrimas los ojos y dijo: Es que la caja no está vacía, papá, yo soplé adentro cincuenta y ocho besos para vos. El padre alzó a la niña y le suplicó que perdonara su ceguera y su ignorancia. Dicen que el hombre guardó para siempre la caja debajo de su cama y que siempre que se sentía derrumbado, abría la caja y tomaba de ella un beso de su hija. Esto lo ayudaba a recuperar la conciencia de lo que era importante y de lo que sólo eran tonterías.

Autor: Jorge Bucay. Foto Stockxpert
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