domingo, 22 de abril de 2007

LA CONFESION DEL DIABLO


Esa tarde de domingo, la lluvia cayó con pereza todo el día. Sin importarle mucho la humedad de su ropa, Héctor se sentó en la terraza de un café en la avenida principal. Por la acera del frente caminaba apresuradamente una mujer con un cuerpo de “feria”, como le gustaba decir. La visión de la “fémina” le hizo recordar a la esposa de su vecino.

-Uhmmm, eso si es una hembra, dijo con una expresión sonora, pasándose la lengua por los labios.

Recordó la cantidad de noches que desde su ventana espiaba la casa aledaña, viendo como dos sombras retozaban alegremente tras la ventana de la habitación. Cuanto deseaba ser su vecino y hacer con aquel “mujerón” todo lo que su mente imaginara.

Un fuerte golpe metálico le empujo fuera de sus pensamientos. Dos automóviles familiares acababan de chocar, después de patinar sobre el pavimento mojado. Héctor se rió para su yo. Eran dos cacharritos, dos automóviles familiares de unos cinco años, un par de peroles. Recordó la imagen de la camioneta de su compadre Rafael:

- Ese si es un vehículo para un macho como yo, murmuro con una mezcla de deseo y rabia.

El péndejo de Rafael, se creía el rey de la ciudad con su rustico de doble tracción. Si esa camioneta fuera mía, yo si seria el Rey, que digo Rey, seria el Dios de esta tierra y todas las vecinas. Era igual que con el desabrido de mi jefe, mostrándole la foto de su familia a todo el que se le acercaba. Jaja , familia como la de él podría tener yo, si tuviera su dinero. Es más, yo sería él, porque tranquilamente podría ser el padre de sus hijos. Cuanto me gustaría tener el dinero de ese cabrón, para que viera quien es el verdadero jefe.

- Buenas tardes. Una voz masculina le trajo de nuevo al mundo físico.

Observó al individuo parado junto a la mesa. Alto, bigotes largos y pelo corto, acompañado de unos ojos negros acorde a estos. Vestía un traje oscuro luto con corbata roja y pañuelo a juego en el bolsillo izquierdo de la americana.

- Dígame, dijo Héctor un tanto sorprendido.

- No he podido evitar escuchar sus pensamientos. Si me permite sentarme, le explico. Indicó el personaje, sin ninguna expresión en el rostro.

Héctor señaló con su mano una de las sillas y con ojos de interrogación preguntó:

- Usted dijo que no pudo evitar”escuchar” mi pensamiento. Quién es usted?, no tengo tiempo para perder con magos televisivos.

El hombre, manteniendo la seriedad de su rostro, contestó:

- Me puedes llamar simplemente Diablo, y puedo hacer que todo lo que deseas se convierta en realidad. Ah! Y Diablo no es mi apodo, es mi nombre verdadero,

El florero que hacia de centro de mesa comenzó a resquebrajarse lentamente convirtiéndose en un amasijo de cientos de pedazos,

Los ojos de Héctor crecieron de tal manera que sus parpados desaparecieron. Cuando pudo hablar, luego de la sorpresa, interrogó:

- Suponiendo que le crea, qué tengo que hacer venderle mi alma?

- No, indicó con fuerza el Diablo, tu alma es mía desde hace mucho tiempo. Desde que empezaste a dejar de vivir tu vida y sólo te has dedicado a desear la vida y las cosas de los demás. Lo cual está muy bien, “tienes que aspirar a ser Papa para por lo menos llegar a ser cura”.

El hombre de negro se sonrió por primera vez y continuó:

- Desear las cosas de los otros por pura envidia, es la manera más apasionada de obtener lo que uno quiere y si esto es con muy poco esfuerzo, pues mucho mejor. Torpes aquellos que tan sólo tienen ambiciones y se esfuerzan para lograr sus metas, quizás las logren pero el sabor del triunfo no deja ese gusto de arrebato que deja la envidia. Así que como ya desde hace tiempo tú escogiste tu fórmula, lo que falta es que te diga cómo hacerlo. Estas de acuerdo.

Héctor se quedo pensativo, vio lo dos automóviles chocados y como la mujer del cuerpo de “feria”, quien regresaba por la misma acera, se paraba a ver el accidente.

- Sí, qué tengo que hacer? Contestó.

El diablo se paró y con un ademán de mano, concluyó:

- Espera prontas noticias mías. Por ahora disfruta de la noche de lluvia y de tus pensamientos. Además, nunca olvides: La Envidia Soy Yo.

A manera de epílogo

Héctor, actualmente, cumple condena de dieciséis años de presidio por tráfico de drogas.

Por su parte, el Diablo continúa paseando por las ciudades, pueblos, aldeas y caseríos, buscando a sus semejantes.

Autor: H.G. CIBELE

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